sábado, 5 de octubre de 2013

Viaje nocturno por mar... rumbo a Ibiza

(Llegada a Eivissa)

A veces ocurren cosas, pequeños milagros, ese misterio de las coincidencias, o como dijo Dalí en su diario; Todo lo que es importante, coincide!!

Coincidían mis ánsias por volver a viajar en barco, atravesar la mar, volver a pisar mi pequeña y amada Formentera, la Pitiusa de las Pitiuses, la pequeña balear. Coincidía que durante todo el verano, cerrada prácticamente en casa, soñaba mirando las fotografías de Formentera que ponen día a día mis amigos de Mediterranea Pitiusa en Facebook. Coincidía que un buen amigo astrofotógrafo, Joaquin Gómez Ávalos, a quien admiro, confío y consulto todas mis dudas, iba hacia Formentera con su familia. Y coincidió, una vez más, que mi hijo pronunció las palabras mágicas; Si encuentras una buena oferta te pago el viaje. Lo acepté sin pestañear, enseguida di la noticia movilizando a algunas amistades, y mi amiga Maria Serra, de Mediterranea Pitiusa, me lo puso todo en bandeja. Imposible resistirse.

Solo había una pequeña duda, por mi edad y estado físico actual; ¿Sería capaz de pasar la noche en butaca en un barco de la compañía Baleària? Quise pensar que sí, no podía acobardarme. Pero los años no pasan en balde... Al llegar a la terminal portuaria de la compañía nos esperaba un bus para llevarnos hasta el barco, un recorrido tan largo que casi parecía que nos llevara al aeropuerto. Hice la broma y nos reímos con mi compañera de asiento, Airun, una mujer joven y guapa, enseguida conectamos y nos presentamos, como nos ocurría siempre en los viajes hippies de los primeros años 70. Subimos al barco por una escalera mecánica interior, otra novedad en comparación con las escaleras de madera o hierro exteriores en los antiguos viajes. Ya en cubierta, viendo como nos preparábamos para zarpar, me llamó mi hijo para saber cómo estaba. Me llenó de alegría y se la transmití, pensando y diciendo que aún faltaba rato para zarpar. Pero en aquél preciso momento zarpamos. Era otra de las diferencias de los viajes en los 70, que a veces estaban horas cargando y descargando coches y contenedores, gente que venía corriendo a última hora porque el barco se escapaba, (como me pasó tantas veces) y todos gritábamos a voces para animarlos a llegar y que nos oyera el capitán, entre ruidos de motores, la voz ronca o afónica de la sirena que avisaba que zarpábamos, y rollos de papel que aguantábamos entre amigos y familiares de cubierta a tierra para no desunirnos, hasta que se rompían a lo lejos, sin las tecnologías de ahora, que enseguida acabaron las maniobras zarpando casi en silencio como una seda.


Ver la estela del barco que iba curvando saliendo del puerto de Barcelona me llenó la cara de alegría y sonreí de nuevo como una niña, sintiendo la fina lluvia de las olas que se formaban en un mar en calma. La noche era oscura y estrellada, estuve horas paseando por las distintas cubiertas del barco contemplando cómo iba saliendo la Luna menguante con luces de otros barcos y aviones como su fiel cortejo, esa Luna que nos acompañaría hasta llegar a las 8'30 de la mañana al puerto de Eivissa, Ibiza, rumbo a Formentera.

Mi amiga Airun decidió dormir con su saco en cubierta, en un rincón bajo una escalera, protegida del viento. Estuvimos hablando un rato, maravillándonos de la noche estrellada. Siempre se ha dicho que lo mejor para la tristeza o depresión, para la recuperación de la salud física y emocional, es un viaje por mar... Y las dos parecíamos hacer el viaje por motivo similar... La dejé dormir a una hora avanzada y seguí paseando por cubierta contemplando la Luna y las estrellas, la preciosa visión de la espuma blanca del barco rompiendo las aguas con su sonido de nana que invita a entrar en el mundo de los sueños... Pero a la hora de ir a dormir empezó la pequeña pesadilla. Las butacas eran de tela, bastante sucias, estáticas, y supe que no podría estar ahí sentada ni mucho menos dormir. En los antiguos viajes, todas las butacas eran reclinables, aunque fueran de tercera categoría y estuvieran rotas. Y empecé a rondar distintas salas con gente durmiendo en el suelo  hasta encontrar una sala de más categoría, con butacas de piel, limpias. Allí me acomodé, sólo molestaba un poco la luz artificial, pero logré dormirme con el ronroneo y vaivén del barco que tanto me gusta...


A las dos horas desperté congelada, la refrigeración era tan alta que me sentía como una gallina en un congelador. Me incorporé enseguida medio dormida, corriendo hacia la maleta para ponerme encima toda la ropa que llevaba de equipaje, y a pesar de llevar puesto un anorak de entretiempo del que no me separé. Fui a cubierta a ver cómo estaba mi amiga, que dormía como una niña, pensé que dormir en cubierta con el saco seguía siendo la mejor opción si no consigues camarote. Entré en la cafetería que estaba abierta toda la noche, con mesas sofás y butacas ocupadas per gente de toda edad y nacionalidad, durmiendo como podían. Miré el mural de la cafeteria mientras esperaba un café y  fue cuando solté una enorme carcajada, viendo las horribles pinturas que intentan adornar la cafetería. Miré la firma pero prefiero no acordarme, el motivo era muy andaluz; una gitana vestida de faralaes amarillo y cara oriental, con el pelo cortado a lo chico... Y mirar su figura curvada me recordaba mi dolor de espalda y la butaca


Miré al otro lado de la cafetería y fue aún peor, mi carcajada fue aún mayor despertando a algunos de los pacientes durmientes. Dos japonesas sentadas en una mesa me miraron extrañadas mientras jugaban a las cartas, y el típico enorme alemán de pelo amarillo y cara roja de Sol español miró las pinturas que empecé a fotografiar, soltando una carcajada mayor que la mía. La pintura representaba a dos mujeres de un coro, supongo, con el mismo aspecto oriental y pelo corto, con mal color de vestido y pigmentación...


y como se puede apreciar en detalle una parecía ahogar a la otra, las dos con la boca abierta como peces en el agua con pendientes como plomos, presagiando un posible destino del barco... hacia abajo. Al menos pasamos un rato divertido, mientras en el exterior empezaba a clarear la noche con las primeras luces del alba. Salí de nuevo a cubierta y para sorpresa de todos Ibiza estaba muy cerca, llegaríamos a las 7'30h, una hora antes de la prevista.


Entonces sí pude fotografiar con la pequeña Canon esa estela curvada del barco a la inversa en un mar como un espejo, entrando a puerto...


con las luces eléctricas y la luz verde del faro aún encendidas mientras los pasajeros en el barco despertaban sonrientes movilizando equipajes, cafés sueños y alegrías...

Al pisar Eivissa con mi amiga de travesía Airun, casi dormida pero también sonriente, nos besamos diciendo que quizá nos veríamos en Formentera... Pero esto es otra aventura, que seguiré explicando en otro post dentro de unos días.

(Texto y fotos: Eva Huarte)

2 comentarios:

  1. Estimada Eva, m'has descrit amb la teva poesía els meus viatges de cada dos mesos a Mallorca, tot i que una mica més còmodes per dormir. Gràcies per fer-me veure detalls que jo ni observo però que son en aquests vaixells vinguts d'una terra diferent a la nostra i per aixó, hi figuren personatges tant desconeguts com els que tu has fotografiat. Segueix que ja espero seguir-te. Una abraçada.

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    1. Quina sort que facis aquest viatge cada dos mesos, Maria Rosa, i sobretot, més còmoda! Aquest vaixell, el Martín i Soler, el van fabricar a Vigo, però les pintures no ho sé, i encara hi ha una pintura més divertida, que posaré en el post de viatge de tornada. Al menys vem riure una estona.
      Gràcies pel teu seguiment. Una abraçada.

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